ZYY - 05 - Pero no te lo daré
...maestro para lograr la armonía entre no-muertos y de-momento-vivos, volveremos nuestra atención al joven que, en el tercer capítulo de esta historia, huía de los enloquecidos paramilitares directamente hacia el centro de la ciudad.
Tras haberles dado esquinazo, todavía sin saber cómo, el joven escondió su vehículo en un callejón oscuro. Estaba todavía en un barrio periférico, pero al menos se sentía guarnecido por los edificios desolados y vacíos. Si habitaba algo dentro de ellos era algo que de momento no se había parado a pensar. Porque pararse a pensar era un lujo, ¿serviría de algo acaso el recordar quién era?
Su vida anterior a la catastrofe ya no importaba. ¿Qué más da si fue fontanero, maestro, taxista? Todo aquello había quedado atrás sepultado por el horror y la muerte. Vivir en un presente contínuo había borrado casi todo rastro de su pasado.
Llamémosle Miguel.
Miguel recuperó la calma pasados unos minutos. Resopló pesadamente y entonces cayó en la cuenta de dónde estaba. La ciudad. Las últimas noticias que tuvo de ella es que estaba siendo arrasada por las hordas de muertos vivientes. Ahora que estaba allí y veía con sus propios ojos el panorama, se extrañaba de la soledad imperante. ¿Quedaban supervivientes? ¿Quedaban zombies? ¿Qué había pasado? Ante sí, las calles desoladas y sucias, los escaparates rotos y las tiendas saqueadas. Testigos de algo que él no alcanzaba a imaginar.
Decidió continuar a pie. No sabía qué peligros le aguardarían en su camino, y prefería explorar el terreno en silencio que alertar a algún oído atento al sonido de un motor. Cogió una mochila del jeep en la que llevaba agua y provisiones envasadas para un máximo de una semana, y cuidadosamente y con los ojos bien abiertos, fue dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. Probablemente ni él mismo sabía porqué se dirigía hacia allí, pero sí sabía que no podía volver atrás. Quizá le quedaba la leve esperanza de encontrar a gente con vida. Sólo una persona, alguien a quien aferrarse en esos momentos dificiles. Tan pronto como dicho pensamiento cruzó por su cabeza, su ánimo se ensombreció. Recordó las últimas palabras de su padre, justo antes de desaparecer engullido bajo una marea de muertos.
"...Y recuerda, hijo, aunque estas criaturas no son muy listas, tenemos que ser cuidadosos. Por ejemplo, nunca estés parado de espaldas a una ventana, porque podrían arrastrarte fuera y matarte. Te lo mostraré con un ejemplo para que sepas bien donde no ponerte. Aquí, ¿ves? Nunca te pares aquí delante como estoy haciendo yo."
No pudo contenerse más y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. No podía seguir más tiempo solo. Suspiró hondamente y apretó los puños con firmeza.
Justo entonces, un sonido rítmico le sobresaltó, a escasa distancia de él. Se concentró y pudo reconocer como un ritmillo musical iba in crescendo, algunos metros por delante suya.
Con el corazón a punto de salirsele del pecho vió, a escasos diez metros de distancia, como cruzaba la calle la zombie más extraña que había visto hasta entonces. Llevaba algo parecido a una radio apoyada sobre uno de sus hombros, e iba contoneándose febrilmente al ritmo de la música. Una enorme rata del tamaño de un caniche la seguía dando saltitos y corría alrededor suya.
Zombie Ye Ye, seguida por Canela, desapareció por un callejón sin haber reparado en Miguel. La música fue disminuyendo poco a poco y terminó por desaparecer.
Miguel, tras recoger su mandíbula del suelo, decidió seguirla.




