sábado, mayo 21, 2005

Vidas Secretas

Hola amigos. Hoy os voy a hablar de Bartolo.

Bartolo, cuyo nombre verdadero no voy a desvelar aquí, es amigo mío desde que estábamos en el parvulario. Puede que esto no sea nada trascendental, pensareis, pero claro, me falta añadir un detalle bastante importante: Bartolo es el Capitán Imposible, el famoso superhéroe. El mismo que se ha encargado de salvar nuestro universo las últimas tres veces (supongo que todos recordareis con una sonrisa aquella ocasión en la que los tiránicos Lores Hpgurnianos pretendieron modificar las órbitas de todos los planetas de nuestro sistema solar para que colisionaran entre sí. El Capitán Imposible les mandó a las prisiones de la pentadimensión de una buena patada en el culo.)
Pues bueno, Bartolo, al margen de su fascinante trabajo, lleva una vida bastante normal. Puede que incluso algo aburrida. No sé si os imaginareis los problemas de tener una identidad secreta, pero uno de los más importantes a mi parecer es el obsesivo ansia de “normalidad” que puede llegar a desarrollar. Me lo contó hace tiempo, después de volver de la nega-realidad en la que había estado aprisionado un año. Me dijo que después de luchar contra seres informes del espacio ulterior, de sobrevolar planetas a años luz del nuestro y de defender el prisma de las realidades de los ataques de la flota imperial Kolhj, lo que más le apetecía era llegar a su apartamento, ponerse el pijama y tragarse dosis masivas de anuncios en la tele. Si conocierais a Bartolo cuando es él mismo os asombraríais de lo que es capaz de hacer por algo de rutina. Sí, puede parecer extraño, y de hecho lo es. Pero en una vida como la suya lo difícil es encontrar regularidad. Todo son ataques lumínicos, destrucción a gran escala y exclamaciones del tipo de: “¡Al Cruzado De Wolframio no se le derrota fácilmente!”. Os lo podeis imaginar...
Bartolo no nació en este planeta. Volved a leer la frase anterior. Si no lo habeis asimilado, volvedlo a hacer. Bien.
Bartolo nació en un lejano sistema, y cuando digo lejano no me refiero a la distancia que hay de nuestro planeta a, por ejemplo, la galaxia de Artemisa o algo así. Eso son naderías. Me refiero a algo lejano de verdad. En el planeta Pharyl.
El planeta Pharyl, cuyo nombre verdadero tampoco es este, (no puedo revelar esos detalles. Imaginad que algún archienemigo de Bartolo leyera esto), consta en las guias estelares como un orbe magnífico y lleno de vida. Es muy parecido a nuestro planeta, y de una diversidad monumental. Los seres que gobiernan allí pertenecen a la misma raza que Bartolo, es decir, seres con apariencia básicamente humana. Pero por mucho que se parezcan a nosotros no son humanos, los humanos no podemos volar, ni levantar toneladas de peso, ni desgarrar el tejido del cosmos. Son, a falta de una palabra mejor, la hostia. O mejor dicho, eran la hostia, ya que hace tiempo que el planeta Pharyll y todos sus habitantes dejaron de existir. Algo relacionado con chocar contra el segundo satélite, creo.
Bartolo fue uno de los pocos afortunados que pudieron escapar de allí con vida. Su familia le envió hacia nuestro planeta en una capsula espacial cuando solo contaba con dos años de edad (calendario terrestre), debido a las similitudes atmoféricas y ambientales entre Pharyll y la Tierra. Aquí podría tener una oportunidad, no como los cuarenta mil millones de pharyallianos que sucumbieron en la hecatombe, ni como los seis estúpidos pharyallianos que se equivocaron de dirección y fueron a parar a aquel agujero negro.
Bartolo fue acogido nada más llegar. Tuvo suerte, sí, y la familia de lesbianas sexagenarias que le ofreció un cálido hogar también. Tuvo una infancia agradable. No era consciente de su origen, y sus madres nunca le contaron nada, ya que no lo creyeron necesario y temían que dicha información resultara perjudicial para su infantil mente. Así pues, se crió como un niño perfectamente normal en una familia de lesbianas sexagenarias. Sus superpoderes estaban en estado latente, no se manifestarían hasta la adolescencia.
Conocí a Bartolo a los seis años de su llegada a la Tierra. Y me di cuenta de que no era como los demás niños de la clase de párvulos. Cuando nos poníamos a jugar con plastilina, Bartolo siempre hacía lo mismo: construía una gran torre de plastilina, y en lo alto de ésta, un gran cañón apuntando al cielo. Cuando le preguntaba qué demonios era lo que había construido, él decía simplemente: “un cañón para salvarnos a todos” y cuando le preguntaba el porqué, se limitaba a mirarme con gesto distraido y decía: “aún no lo sé...” Solía darme escalofríos.
Pasó el tiempo y me convertí en el mejor amigo de Bartolo y en su compañero de juegos. Su juego favorito era “buenos y malos”, que consistía en que él hacía de super-héroe y yo de su malvado archienemigo, y luchábamos entre nosotros para decidir el destino de la humanidad. Supongo que de ahí le vino la vocación más tarde. También de ahí sacó lo que más tarde convertiría en su grito de combate: “¡Allá donde el mal aparezca para someter a los débiles, un rayo de luz surgirá y atravesará los negros corazones de aquellos que se dedican a cometer fechorías, porque el poder del bien es supremo y con él seré capaz de vencer a cualquier enemigo...” Bueno, en realidad este no es su actual grito de guerra. Tuvo que acortarlo bastante, ya que tras su último enfrentamiento con el Profesor Korkavian y sus Poderosos Perros Atómicos, a éste le dio tiempo a recargar su cañón de rayos magnéticos un par de veces al menos mientras Bartolo soltaba su discursito. La versión moderna es: “¡ Superdonut!”, que en realidad no tiene nada que ver con el anterior grito de combate.
Pasó el tiempo, y no supe nada de Bartolo durante mucho tiempo, al haber sido ingresado en una escuela diferente a la mía, subvencionada con los fondos de la agrupación cultural “Madres Lesbianas”. Yo, al permanecer en una escuela pública, tuve una infancia mucho más gris y ordinaria que la suya. O al menos eso supongo.
Pero la casualidad hizo que volviéramos a coincidir en el instituto. Allí me sorprendió mucho la forma en que había cambiado el pequeño Bartolo. Ahora era un débil y torpe muchacho, bastante patético que andaba como si fuera una sombra de sí mismo por los concurridos pasillos. Siempre iba cargado de libros, con unas horribles gafas el doble de grandes que su rostro y era el objetivo frecuente de las burlas del equipo de futbol americano al completo. En especial de Dan Rosenblum, el capitán de los “Leones de Junior High”, que parecía tenerle una especial tirria. Lo que ninguno de nosotros sabíamos era que Bartolo, ya plenamente consciente de sus superpoderes y de su lugar en el mundo, había desarrollado esa tapadera. Se hacía pasar por un joven tímido y miedoso para evitar que le asociaran con el nuevo superhéroe que acababa de empezar a repartir justicia por los barrios bajos, el increíble “Grumete Fúcsia” (que fue la primera identidad que adoptó Bartolo. Tras su madurez en el terreno superheroico, decidió adoptar su nombre actual y vestir con colores apagados en beneficio de sus misiones encubiertas)
Lo que tampoco sabía nadie era que el mismo Dan Rosenblum (que dicho sea de paso, es un nombre bastante inventado para proteger la identidad de terceros) acabaría por convertirse también en uno de los mayores enemigos de Bartolo en su faceta superhumana, al transmutarse en la amenaza conocida como “El Engendro” tras entrar en una habitación recién pintada con el elemento J-67, cosa que acabó por deformarle física y mentalmente. Con una pinta como la suya, era de esperar que se pasara al terreno de los supervillanos... ¡Pero ahora no es el momento de contar su historia!
Retomé la amistad con Bartolo en el instituto, y me dediqué a defenderle de muchos de los ataques que sufría por parte de los demás (aunque esos insultos y agresiones en realidad le importaban muy poco, apreciaba que yo intentara ayudarle) Fue por esa época cuando descubrí la identidad secreta de Bartolo.
Nos encontrábamos solos, estudiando para los exámenes finales en la biblioteca del instituto, y fue ese el lugar que escogieron “La Comitiva Del Mal” y los “Jóvenes Gladiadores Del Mañana” para tener uno de esos enfrentamientos que suelen tener cada pocas semanas y que siempre acaban con edificios derruidos, coches destrozados, y tuberías expulsando agua por todos lados en el mejor de los casos.
Ante mí tuvo lugar una transformación sorprendente. El escuálido Bartolo se incorporó con gran decisión e hizo chocar sus puños al tiempo que pronunciaba la palabra del poder: “FROREIFOS” y un relámpago azulado surgió de su cuerpo. Cuando pude abrir de nuevo los ojos, Bartolo ya no estaba, en su lugar estaba el Capitán Imposible, adalid de la justicia. Por cierto, Froreifos es una palabra totalmente inútil para nosotros, los humanos, así que no os servirá de nada gritarla mientras saltais por la ventana de un octavo piso con los brazos extendidos.
Bartolo / Capitán Imposible se unió a la pelea y logró apartar a los superhumanos de las zonas habitadas de la ciudad, evitando de esa manera unos daños colaterales que podrían haber sido muy graves. Solo una persona resultó herida en el enfrentamiento: el brillante genio de la química Steven Stitt, que sufrió los efectos de un derrumbamiento mientras se encontraba ocupado en su laboratorio subterráneo, realizando experimentos con acido clorhídrico, galletas integrales y pañales usados. Lo más dañado de su integridad fue su psique, pues desde ese momento juró vengarse de todos los seres con mallas del universo y se dio a conocer como: “El Vengador Envuelto En Kevlar”. Sus bombas tóxicas son letales.
Pero no nos desviemos de la historia principal.
Un poco más tarde de eso, Bartolo fue tomando conciencia de su lugar en el cosmos, y ansiando conocer su herencia oculta. Cuando cumplió 18 años, se prometió descubrir si habia más habitantes de su planeta natal, o si habian acabado todos hundidos en el vacio.
Por increíble que parezca, encontró a un habitante de su planeta natal, que a ojos humanos podría pasar por un perro callejero terrestre, pero que en realidad era un perro callejero pharylliano. Es decir, un perro capaz de hacer más cosas que su homónimo terrestre. Por ejemplo, de hablar. Sí, habeis acertado, me estoy refiriendo al Perro Imposible, compañero fiel de Bartolo durante todos estos años, y protagonista de su propio comic. Bartolo tuvo la suerte de encontrarlo actuando en un circo rumano, pero la historia de cómo llegó hasta allí es aún desconocida. El Perro Imposible tiene un bloqueo cerebral que le impide recordar asuntos de su pasado. Puede que eso sea lo que le ha convertido en el activo promotor de la lucha contra el alzheimer que es hoy día. Todos estamos orgullosos de él.

(continuará, o no)

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sábado, mayo 07, 2005

El Maquinista

Uh...

La noche pintaba emocionante. Cena elaboradísima, a base de cuarto de kilo de jamón serrano a palo seco y una litrona de cruzcampo. Para completar la escalada de diversión, una peli. La elegida resultó ser El Maquinista, historia atípica, inquietante y extraña, que bien podría haber sido ideada por un esquizo tras una indigestión de peyote.
Tras una primera media hora en la que la principal preocupación que uno puede tener es: "¿de qué coño va ésto?", la cosa va tomando forma (levemente definida) y acaba resultando incluso entretenida. Yo diría que no es aburrida esta peli, pero claro, cuando la veía estaba poniendome hasta arriba de cerveza, y en esta situación bien me podría haber tirado hora y media mirando por la ventana con la misma muda fascinación.
Como contar algo de la pelicula sería destripar en cierta medida el argumento (el poquito que tiene) pues me limito a señalar ciertas cosas:

- Que todavia no he visto una pelicula de Aitana Sanchez Gijón en la que esta mujer demuestre lo que, a mi juicio, vale. Me da la impresión de que es una actriz de puta madre, pero todavia no le ha caido un papel en el que pueda lucirse. Me falta por verla en La Camarera Del Titanic, pero es que a Bigas Luna le tengo un poco (mucho) de asco. También puede ser que ande yo completamente equivocado y que la tía ésta no de para más, pero me resisto a perder la esperanza de verla en un papelón.

- Que Christian Bale es un puto enfermo, pero se ha ganado mi respeto y mi apoyo incondicional por haber sido capaz de quedarse como un alambrito para dar el tipo que requería el papel. Es que se le marca la calavera de lo flaco que está el mamón... Se come con patatas la transformación de DeNiro en Toro Salvaje. Y además no actúa nada mal.

- Que a pesar de que finalmente no me haya parecido una cinta memorable, me hace gracia la idea de que haya directores o productores que pretendan hacer cine comercial de otra manera, que no se dediquen tanto a coger el molde y producir siempre películas del mismo tipo. Digo yo que si siguen intentándolo, les saldrá alguna cosa interesante algún día. O no.

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viernes, abril 22, 2005

Ahora eres un hombre (4)

Avanzaba renqueante a través del desierto. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba en aquel lugar – mi reloj se había parado en las 5:36, posiblemente cuando esperaba en la parada – pero calculaba que eran demasiadas como para que el sol siguiera azotándome desde lo alto sin variar de posición lo más mínimo. Más de una vez desde entonces me arrepentí de haber abandonado aquel destartalado campamento de politoxicómanos, aquellos gatos gordos, y la seguridad absurda de que al menos no estaba sólo, como ahora, en medio de la nada. A mi alrededor el paisaje había ido cambiando gradualmente, desde un páramo reseco azotado por el viento, a un suelo arenoso que formaba dunas de altura creciente. El calor era espantoso, ya no soplaba el viento, y cada paso que daba me costaba más esfuerzo que el anterior. La idea peregrina y aventurada de que me encontraba en un lugar extraño que posiblemente no figurara en los mapas había empezado a perseguirme de forma punzante, tiempo atrás, pero a estas alturas ya se había asentado con total comodidad en aquellas partes de mi cabeza que aún no estaban anegadas por el sudor. Curiosamente, no tuve ninguna crisis de ansiedad, ni me venció el nerviosismo. Todo era tan sumamente increíble que parecía estar sucediéndole a algún otro.
Por desgracia, la sensación de agotamiento y aquellas agujas de punto que tenía clavadas en el costado me constaba que eran mías. Por cierto, ¿hacia donde estaba caminando?
Subí a una de las dunas con gran dificultad, y tras tomar aire, miré a mi alrededor. Estaba en el centro mismo del desierto.

Intermedio:
El gato se estiró sobre el sofá, dio tres vueltas sobre sí mismo, y se tumbó con la panza hacia arriba, y el hombre con pintas de militar retirado, aceptó la invitación que se le ofrecía y le acarició con una de sus enormes manos. Marcó una de las páginas y cerró el libro, luego dijo, con su voz grave:
“Pronto, muy pronto ella le encontrará”
Y entonces, resonó en la habitación una risa que no pudo reprimir.
Fin del intermedio.

No se me iba de la cabeza una canción de los Doors. Andaba maquinalmente, sin pensar hacia dónde iba, en lo que hacía, o donde estaba, solo tarareando en mi mente aquella monótona melodía. Ya no sentía fatiga, no era consciente de mis brazos, piernas, estómago, cabeza… era como si hubiese trascendido mi cuerpo, y ahora sólo fuese un espíritu que erraba por entre aquellas montañas de arena y polvo, deslizándome lentamente.
This is the end…
My only friend, the end…
No sabría decir cuánto tiempo pasó. Seguí andando, bajo aquel sol que no tenía ni idea de lo que era ponerse y dejar paso a la luna. Fijado encima de mi, me dio por pensar que no era un sol de verdad, que lo que estaba pisando no era un desierto de verdad, y que ni yo mismo me podía considerar una persona de verdad. Un pensamiento que levitaba sin rumbo. Un pedazo de seda, frágil, casi transparente, mecido por una brisa que tampoco existía. Caí al suelo una vez, y me levanté, con la arena pegada por todo el cuerpo. Dí otros dos pasos, volví a caer, con la canción a punto de morir en mis labios y la consciencia preparándose para saltar de mi mente.
Father?
Yes, son
I want to kill you
Mother?
I want to…

(continuará)

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jueves, abril 07, 2005

Lecturas 4: Droga Dura.

Hoy toca Ulises de James Joyce.
Muy bonito. Le doy un 8.
Fin.
...
¿No cuela?
Bueno. A ver cómo lo digo...
Ulises, al contrario de lo que me pudo parecer antes de empezar a leerlo, tiene muy poco que ver con la Odisea de Homero. Existe una relación, claro. Cada capítulo está ligado a un pasaje de dicho mito, pero en la mayoría de las ocasiones es una relación muy debil y a veces cogida por los pelos. Ulises es, ante todo, una simple historia, que gira en torno a un día en la vida de Leopold Bloom, un hombre maduro de ascendencia judia en la Irlanda de principios del siglo pasado;pero la simplicidad del fondo no tiene nada que ver con la forma: la narración está adornada de detalles, llena de referencias inencontrables, de pasajes oscuros, de parrafos enteros que tienen pinta de morralla pero no lo son. Porque una de las cosas que deben quedar claras en este libro es que nada tiene desperdicio, y que cada palabra tiene su significado en la historia, ya sea como leit motif recurrente, como mecanismo para el conocimiento del personaje y de su contexto, o como ida de olla puntual del autor. A lo mejor estoy resultando un tanto pedante, pero joder, estoy hablando del puto Ulises de Joyce, no de Teo Viaja En Bici.Es un libro que no tiene sólo una lectura. Podemos coger el camino más fácil y leerlo como una novela -atípica, eso sí-, sin detenernos dos veces en los párrafos más ambiguos o extraños que nada tienen que decir sobre la historia principal, desligándonos de todos los artificios y ciñéndonos al esqueleto de la trama. Pero podemos, por el contrario, dedicarnos a leer cada página con lentitud, asimilandola en cada uno de sus detalles, volviendo si es necesario a releer páginas de capítulos anteriores y captando las sutilezas, los dobles sentidos y los guiños que no sean demasiado inaccesibles. De esta forma es como se puede entender la grandeza de lo que tenemos entre las manos, se le saca muchísimo más jugo al libro, y al contrario de lo que pueda parecer, se le acaba tomando la medida y termina siendo más ameno. Desde luego, lo que no debe existir es una lectura del libro 100% comprensiva, porque el gran número de referencias, la mayoría de las veces ambiguas y desconocidas, reduce muchísimo la posibilidad de deducir qué está diciendo el autor en cada momento, o al menos, por qué lo dice, siendo éste un trabajo que ya les debía costar lo suyo a los contemporáneos de Joyce, muchísimo más al lector de hoy día.
Vale, pero... ¿De qué carajo va el puñetero libro?
Ya lo he dicho antes. Es un día en la vida de Leopold Bloom/Ulises. Bloom, casado con una conocida cantante que le pone los cuernos, se dedica a sus quehaceres cotidianos. Asistimos a su desayuno, a sus encuentros fortuitos en la calle, a su empleo en el periódico, incluso le acompañamos en el funeral de un amigo. Sin embargo, Bloom no es el protagonista, tan solo el testigo de todo lo que va pasando a su alrededor. Hay capítulos en los que aparece solo durante un breve instante, mientras el tema principal gira en torno a una charla sobre Shakespeare en la biblioteca, o sobre la independencia de Irlanda en un bar. Es el personaje omnipresente, si obviamos unicamente los tres primeros capítulos del libro, que narra las primeras horas del alba de Stephen Dedalus/Telémaco, personaje con el que Bloom establece un importante vínculo.La historia de este libro no es nada convencional, aunque no es lo más importante ni de lejos. Lo que verdaderamente acojona es la forma de contarlo. Y es que Joyce experimenta en cada capítulo, juega con las estructuras, con la forma de las palabras, se mea y se caga en las convenciones, pero lo hace con un estilo tan elaborado y cuidadoso, que dan ganas de exhumar su esqueleto y darle un abrazo. Esta complejidad narrativa cautiva desde el principio mismo, cuando uno comprende que está ante un libro que debe leer alerta y con los cinco sentidos. El uso de la palabra interior, descubrimiento impresionante (aunque Joyce reconociera que no era suyo), es uno de los motores principales de la narrativa, consistente en plasmar en palabras todos y cada uno de los caoticos pensamientos, recuerdos y anhelos que van surgiendo en la mente de los protagonistas, pero no el único. Las visiones, las alucinaciones, los flashbacks... Se pasa de la realidad a la surrealidad en menos de un párrafo, es brutal.
Cada capítulo está situado en una franja horaria, está relacionado con un arte, está escrito en un estilo distinto, tiene una referencia homérica, está ligado a un órgano y tiene un color que lo representa. Esta complejidad no debería ser tomada muy en cuenta por el lector primerizo, que es lo que soy yo al fin y al cabo, pero hay veces en las que es curioso seguir este esquema para comprender algunas situaciones y conceptos. De hecho, al final de la edición que he leído, viene un esquema con toda esa información, esquema que Joyce no estuvo de acuerdo en publicar.
Y termino que me está saliendo un ladrillo considerable. Aunqeu al principio le haya puesto un 8, creo que es de esos libros que gana puntos con segundas o terceras lecturas. Puede que la próxima vez que me de por leerlo, le otorgue un 9, quién sabe. Este libro, aunque no es recomendable para todos los públicos, es para saborearlo más que para leerlo. Un libro de cabecera. Quiero una guinness ahora, coño.

Nota: Traía más libros para reseñar, pero como no quiero que este blog se polarice tanto en el tema "Lecturas", creo que por mi parte me dedicaré tan solo a comentar un libro cada mes, dando una puntuación sin explicaciones al resto:
- The Invisible Man, H. G. Wells (7'5)
- Merlin, Stephen R. Lawhead (7)
- Arturo, Stephen R. Lawhead (6'5)
- Brujas De Viaje, Terry Pratchett (6)

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sábado, abril 02, 2005

Despedida tardía como hoy


Se ha ido al futuro Joaquín Luqui (1948 - 2005)

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