domingo, marzo 13, 2005

Ahora eres un hombre (2)

II

Hacía un tiempo veraniego, casi de agosto, a pesar de que estaba entrado octubre. Pensé en eso que había leído en nosequé revista sobre el calentamiento global. Al parecer, los cinco años más calurosos de los últimos cien años habían sido los cinco años anteriores al actual, que estaba haciendo méritos para figurar en el hall of fame. Y lo que seguía no era más halagüeño, ya que posiblemente el calor nos haría buscar cobijo bajo la tierra. Nos estableceríamos en ciudades subterráneas, comunicadas por estrechos túneles apenas iluminados. Con el tiempo, nos deshumanizaríamos, convirtiéndonos en una subespecie, como los morlocks descritos por Wells (más tarde por Claremont), y llegaríamos a olvidar el mundo de la superficie. O quizá pudiésemos encontrar una forma de florecer bajo el manto, extraer energía del núcleo de la tierra y llegar a un segundo renacimiento como especie. Navegaríamos por ríos de lava en vehículos aislados térmicamente, conoceríamos nuevas especies de animales, y extraños materiales ocultos hasta la fecha. Me paré y dirigí una mirada cargada de simpatía a aquel cielo azul que tan pronto abandonaríamos.

- ¿Vas a cruzar o voy a tener que pasarte por encima, pedazo de subnormal?

Me aparté para que pasara el camión y miré a mi alrededor. No conocía muy bien esa parte de la ciudad, y todas las calles me parecían iguales, pero aún así seguí andando. Cuando por fin llegué a una zona conocida, me llamó la atención algo de las escalas. Lejos de allí, en mi pueblo, andar la distancia que había recorrido, me hubiese servido para atravesarlo de lado a lado y un poco más. Y el solo pensamiento de cruzar mi pueblo a pata era algo que infundía cansancio. Sin embargo, en la gran ciudad, esas distancias eran minúsculas, y quizá por eso, yo andaba más rápido y me cansaba menos, o eso me parecía. También iba fijándome en la cantidad de restaurantes extraños que había a un lado y a otro de la calle. Uno filipino, no me llamaba la atención desde que había visto a un filipino en mi pueblo pescando anguilas en un río contaminado al que iba a parar el desagüe. Otro japonés, seguro que era muy caro y te cobraban una pasta por un cacho de pulpo crudo. Aunque tenía ganas de probar esas bolas de arroz rellenas tan majas. Un italiano, demasiado visto. Uno indio, vaya, qué cosas comerán los indios. Espero que sean más higiénicos que cuando van todos en tropel a lavarse la sobaquina en el Ganges, pensé parado frente a la puerta.

- ¡Quítate de en medio, gilipollas!

Me hice a un lado para que pasara el coche. En mi pueblo solo eran tan bordes con la gente de la gran ciudad, así que me sentía como un equilibrante kármico de todo el asunto, y asumí medianamente mi papel en el orden de las cosas. Era genial contribuir al funcionamiento correcto del universo, me dije.

Por fin llegué a la parada de autobús. Decidí no sentarme en el banco, a pesar de que estaba libre, por una extraña manía, pero que tiene su origen en un chiste malo. ¿Cuál era mi autobús?, me dije. Miré al panel informativo de la parada y aluciné con el montón de líneas distintas que pasaban por allí, nada menos que cinco. En mi pueblo hay tres líneas en total (que funcionaban de pena), y aquí había cinco solo para esa calle. Pero, ¿cual era la mía? ¿Qué dijo mi amigo el militar?

- El 166, bájate en la última,- me dijo desde algún lugar en mi memoria, en sus brazos sostenía a un gato con el pelo erizado que miraba con odio a su alrededor.

El 166, qué casualidad, apareció al momento, envuelto en una extraña bruma que no venía a cuento.

- Je. Se nos ha estropeado el tubo de escape,- me dijo el conductor al reparar en mi interrogante expresión. Tenía acento rumano, o eso me pareció.

El único asiento libre era uno que estaba justo de espaldas al conductor, y que me hacía sentir molestamente observado por el resto de pasaje del autobús, que miraba justo hacia delante. Además, tenían todos una mirada hostil y desagradable. La mejor forma de trascender la incomodidad fue sacar el libro de la mochila y ponerme a leer. También saqué el discman, ya puesto.
El libro era Ulises, de Joyce, y la música era The Brown Album, de Primus, y tomé nota mental de la extraña combinación.
El Ulises se estudia, no se lee, me habían dicho una vez, y desde luego, se me ocurrían mejores bandas sonoras para una sesión de estudio, pero en fin, había que dejar suelta a la bestia por una vez.
Dado que me era imposible concentrarme en el libro, sustituía su lectura con frecuentes miradas hacia el interior del autobús, que se iba vaciando paulatinamente mientras avanzábamos, y con la contemplación vaga de los bloques de edificios del exterior. De vez en cuando volvía la mirada al libro, y se me quedaba fija siempre en el mismo párrafo:

"El anillo de bahía y horizonte contenía una opaca masa verde de líquido. Junto al lecho de muerte de ella, un cuenco de porcelana blanca contenía la viscosa bilis verde que se había arrancado del podrido hígado en ataques de ruidosos vómitos gimientes."
Qué bonito, James.
Lo memoricé. Seguro que más tarde o más temprano acabaría siendo uno de tantos leitmotiv.
Cuando acabó el disco acabó el viaje. Se me había ido completamente la cabeza, pensé. Ni siquiera había pensado en todo el tiempo que había pasado desde que me subí, pero dado que el disco duraba cerca de una hora... ¿Tanto se tardaba? Mientras cavilaba, el conductor miró hacia atrás y me dijo que me largara, así que eso hice, como buen ciudadano, dando un ridículo saltito desde la puerta. Un pequeño paso para el hombre.
Justo entonces miré a mi alrededor y me di cuenta de que no estaba donde debería estar.

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