El Topo

El Topo
Año: 1970
Nacionalidad: Méjico
Director: Alejandro Jodorowsky
Intérpretes: Alejandro Jodorowsky, Brontis Jodorowsky, Mara Lorenzio, David Silva, Jacqueline Luis
Un pistolero vestido de negro cabalga junto a un niño desnudo a través del desierto portando un paraguas para protegerse del sol. Paran junto a un poste de madera y desmontan. El pistolero le dice al niño que entierre junto al poste un retrato de su madre y su primer juguete, porque ha cumplido los siete años y ya es un hombre.
Llegan a un poblado masacrado. Un río de sangre que mana de los muertos apilados en las calles lo atraviesa. El pistolero encuentra a un moribundo que le dice quién es el responsable: el coronel y sus hombres. El hombre desea morir, así que el pistolero le da su pistola al niño (su hijo) para que acabe con su vida. El niño le mata.

Los pistoleros descubren con ayuda de un catalejo al hombre y al niño, cruzando el desierto, y se dirigen hacia ellos montando sus caballos para asaltarles. El hombre, tras intentar ignorarles sin éxito, les mata. Luego introduce cuatro anillos en la boca de uno de ellos, y deja que su cadaver se hunda en una charca.
Ésto, básicamente, es lo que pasa en los primeros 10 minutos de El Topo. Y posiblemente sean las escenas más normales de toda la película.

La pelicula, lo digo como aviso, es surrealista y arrastra una carga de simbología constante. Está plagada de mensajes que quizá supongan algo para el que sepa entenderlos o para el que esté medianamente familiarizado con el tarot o la psicomágia - invento del propio Jodorowsky basado en la autocuración -, a los que hace continuas referencias. No en vano Jodorowsky se dedica a ésto de echar las cartas y a pasar consultas cómo psicomago cuando no escribe. A pesar del continuo bombardeo simbólico, mantiene una especie de trama de fondo, por lo que la película no llega a hacerse pesada en ningún momento. Aún así, hay determinadas escenas que que aparentemente están deslabazadas del hilo argumental, y que descolocan bastante. El tratamiento de los personajes es también representativo del autor: el protagonista no es sólido, muta durante toda la película, se transforma continuamente en base a las circunstancias del momento y, aunque parezca que es la misma persona que en la escena anterior, ha cambiado significativamente respecto a ésta. Así, el pistolero despiadado del principio, que se llega a autodenominar Dios en una escena, llega a ser, al final de la película, una especie de monje payaso que hace números de circo acompañado de una enana.


En la recámara me dejo algunas impresiones más sobre este chileno, por no hacer demasiado tocho el post, que incluiré si me da por ver Santa Sangre, otra de sus películas. De todas formas, si habeis sido capaces de leer hasta aquí os felicito por la fuerza de voluntad demostrada.
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