Las horas (dedicado a Irene)
Lugar: Dormitorio. El reloj despertador de la mesilla de noche apuntaba la hora en números rojos. 23:13.
Mientras tanto, en la cocina, el reloj del microondas rezaba: 23:22
Justo en ese momento, en el salón, el equipo de música iba contando las horas y minutos del día próximo a su fin: 23:09
Miré mi reloj y empecé a sospechar que algo no cuadraba. Marcaba las 23:12.
De nuevo en el dormitorio, acerqué el teléfono a mis ojos y escruté la minúscula pantalla. Los números no mentían. 23:07
Presa de un nerviosismo creciente, dirigí mis pasos a la cocina. El reloj de agujas de la pared decía, a cada segundo que pasaba, que todo era un gran error. 23:17.
Noté como se me erizaban los vellos de la nuca y caminé, con desasosiego, de vuelta al salón. Todo parecía en calma, pero una mirada temblorosa al teléfono me bastó para darme cuenta de mi error. 23:10
Respiré profundamente. Cerré los ojos. Conté hasta diez. Me dirigí a la cocina, necesitaba calmarme. Una tila me ayudaría. Mientras la preparaba, decidí que tal vez algo de música también vendría bien. Encendí la radio sin caer en cuenta que una pantallita se iluminaría al instante. Durante unos segundos estuve petrificado mirando el panel luminoso. Luego, algo dentro de mí cedió y mi mente se hizo añicos.
Y ahora, desde mi celda acolchada en el sanatorio, cada noche, alrededor de las 23:15 me hago la misma pregunta a voz en grito mientras los enfermeros me intentan tranquilizar con descargas eléctricas en los testículos, dardos de morfina, y hostias de canto.






